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08 agosto 2012

En el campo

Otra de las obras invitadas desde Argentina que se presentó ayer en el Teatro del Centro de las Artes, es En el campo, obra del dramaturgo inglés Martin Crimp, perteneciente al Movimiento In Yer Face , grupo al que pertenecieron algunos dramaturgos emergentes en la década de los 90s, como la desaparecida Sarah Kane.

Cristián Drut es un joven director argentino que se caracteriza por montar obras de autores europeos; ya ha trabajado con textos de Sarah Kane, Jean-Luc Lagarce y Jan Fabré, por mencionar algunos.

Ante un auditorio que casi llenó el teatro, vimos una escenografía sobria que ocupaba sólo la parte delantera del escenario, y a tres actores, Carolina Tejeda, Cecilia Czornogas e Ignacio Rodrígez de Anca, cuyo trabajo está centrado en la palabra, frases contenidas pero llenas de emociones encontradas. El montaje despliega ante nosotros un mundo de relaciones humanas sombrías.

Corinne y Richard son una pareja que ha escapado de la ciudad para instalarse en una casa de campo e iniciar una nueva vida junto a sus dos pequeños hijos. Sin embargo una noche, Richard recoge a una mujer (Rebeca), la ha encontrado inconsciente en medio de un camino y la lleva hasta su casa. Este acontecimiento desencadena una serie de situaciones tensas y confrontaciones por medio de diálogos ríspidos y sarcásticos. Richard es médico y le ha dicho a Corinne que era su responsabilidad recoger a esa mujer y ayudarla, sin embargo sus respuestas elusivas hacen que dudemos de lo que dice. ¿Quién es esa chica misteriosa? , y ¿quién es ese otro personaje, Morris, nombrando todo el tiempo y que nunca aparece en escena, qué papel juega él en todo esto?

En el campo nos presenta la historia de un triangulo amoroso, pero es más que esto, asistimos también a la mirada sobre un mundo en el que los personajes no experimentan amor o alegría. Una obra de mucha contención, pero fuerte. Los diálogos sobrepuestos y las constantes interrupciones nos hacen pensar en relaciones caóticas en las que detrás de las palabras está el desamor, la infelicidad y la caída irremediable.

07 agosto 2012

Genet y la crisis

Un accidente llevó a Pablo Messiez, dramaturgo y director de teatro argentino, radicado en España, al texto Las criadas de Jean Genet; al leerlo supo que, aunque empolvado por ser de otra época, la intensidad del texto podía reflejar la crisis que aqueja a España.

Para nosotros quizá suene un tanto común la palabra “crisis”. En muchos países de América Latina, incluidos por supuesto México y Argentina, hemos vivido con crisis durante toda nuestra vida, los españoles no. Las relaciones de poder suelen acrecentarse durante una crisis, dominados y dominantes en esta situación excepcional subrayan su natural odio recíproco. En este contexto aparece la revisión de Las criadas de Jean Genet, una obra potente, cargada de violencia, cuyo trasfondo psicológico es la insatisfacción y cuyo canal expresivo es la denuncia.

Dos criadas, Solange y Clara, saben que son despreciadas por su patrona, La señora. “Su vida, sus vestidos, son nuestra vergüenza”, dice Solange, interpretada por Fernanda Orazi, quien al lado de Bárbara Lennie, en el papel de Clara, nos regalan una interpretación vertiginosa y cargada de emociones, que quizá le deba mucho a la naturaleza del texto, que como dijo la propia Fernanda Orazi en entrevista con RTVE, “es muy intenso y muy de decirlo todo, como alguien que escupe en vez de hablar. Tiene ese aspecto vomitivo en el que llena de imágenes el asco y el desprecio”.

Llama la atención el hecho de que las dos hermanas tengan un acento distinto (argentino y español), como parte del juego de la obra, y que el papel de la señora sea interpretado por un hombre, Tomás Pozzi, cuyo trabajo habría que calificar de hallazgo, en primer lugar porque nos hace creer que es una mujer, a pesar de que va ataviado con un vestido por el que asoma el vello de su pecho, y que cepilla una calvicie; y en segundo lugar porque su registro está a muchos kilómetros de distancia del de sus compañeras. Al contrario de ellas él va a lo exagerado, haciéndonos pensar en un trabajo distanciado y hasta cierto punto cómico, sin embargo dibuja con maestría la caricatura de una mujer hipócrita y decadente. En algún momento es imposible no ver a Solange y a Clara como dos migrantes latinoamericanas siendo humilladas por una vieja mujer europea.

Cuando la señora de la casa se ausenta, las criadas juegan a tomar su lugar, se ponen sus vestidos, se sientan frente a su espejo y usan su maquillaje. Todo esto, mientras realizan las tareas domésticas que odian, pero a las que están obligadas por su condición social. Además planean su asesinato.

Con pocos recursos escenográficos y subrayando el peso que tienen los objetos sobre el escenario, además de las grandes interpretaciones que nos brindan los tres actores, podemos afirmar que Las criadas es uno de los platos fuertes de este festival de teatro, ya que no sólo propone sus propias convenciones teatrales, sino que además expresa con maestría el malestar de quienes se saben despreciados.

Hoy se presenta en el escenario del Teatro de la Ciudad a las 19:00 hrs. No se la pierdan.

05 agosto 2012

Yo también quiero a Marilyn

¿Qué pasaría si Marilyn Monroe estuviese viva y además tuviera ganas de seguir cantando?

La noche del sábado asistí, junto con mi novia, a la obra Mi Marilyn Monroe, una entrañable historia contada por dos grandes artistas chilenos, el director y escritor Alejandro Goic, y la primera actriz, Carmen Barros. El dato de que asistí con mi novia no es menor, ya que ella no suele ir al teatro, dice que le aburre; la verdad es que ha tenido mala suerte, y aunque pocos, ha visto trabajos muy herméticos (que sólo entienden los que los hacen, quiero creer). Por eso ella es reticente cuando de ir al teatro se trata, a veces yo también. Sin embargo la experiencia de anoche fue fantástica.

Llegamos un poco tarde, a menos de diez minutos de que diera inicio la obra. Para entonces el Teatro del Centro de las Artes estaba abarrotado, así que tuvimos que chutarnos la función desde el segundo piso de butacas. Nada de esto nos privó de una experiencia inolvidable.

El planteamiento es el siguiente: Marilyn Monroe no ha muerto, sigue viva, y a sus ochenta y pico de años, recordará algunos de los momentos más célebres de su historia.

Carmen Barros, una legendaria figura del teatro y la ópera chilenos, en un derroche de recursos vocales y escénicos, interpreta a una Marilyn Monroe, capaz de hablar con toda libertad sobre su pasado. Mientras sus vestidos más bellos están siendo subastados, Marilyn recuerda momentos de su vida que llevarán al espectador a un viaje a través del tiempo en un espectáculo lleno de nostalgia, música de jazz, piezas operísticas, y rockanroll; todas las piezas ejecutadas por la cantante y primera actriz chilena, Carmen Barros, cuya magia vocal atrapa al espectador desde las primeras notas.

Monroe dialoga con los espectadores con un humor picante, muy latinoamericano. Al mismo tiempo una colección de imágenes y videos son desplegados en una pantalla que dota al escenario de un tinte cinematográfico, y por la cual desfilan figuras como Frank Sinatra, Elvis Presley o el propio Che Güevara. Carmen Barros interviene en tiempo real las proyecciones para acompañar las canciones, que muchas veces terminará interpretando de manera magistral, ella sola.

En algunas ocasiones Marilyn interactúa con una voz en off que la entrevista y la lleva a recordar algunas de sus más entrañables amistades como Ella Fitzgerald o Truman Capote, o a sus maridos, el beisbolista Joe DiMaggio y el dramaturgo Henry Miller.

La obra guarda momentos de gran belleza y de mucho impacto visual que es mejor reservar para quien asista.

Al terminar la obra vi una sonrisa dibujarse en el rostro de mi novia, y no me hizo falta preguntarle nada. Su gesto me recordó que antes que ser crítico, porque se supone que soy crítico, soy un asombrado espectador a quien a veces gusta lo que ve y a veces no. Mi juicio crítico se reduce a mi capacidad de asombro o de aburrimiento. Anoche terminé asombrado, mi novia también. Carmen Barros y su director, el también escritor Alejandro Goic, nos han regalado una noche teatral inolvidable, una mezcla de ficción, revista musical y cine.

Mi Marilyn Monroe es más que un merecido homenaje a una de las mujeres más bellas del mundo occidental durante el siglo XX, que ayer, 4 de agosto, cumplió 50 años de muerta. Inmejorable oportunidad para disfrutar éste excelente espectáculo que nos acompaña desde la hermana República de Chile, y que hoy también se presenta en el Teatro del Centro de las Artes.

13 julio 2012

El culpable de todo

El día en que nací el país entró en crisis económica. Soy el culpable de las devaluaciones del 76, 88 y del 94, y también las que vendrán. Si no recuerdas tiempos de prosperidad es por mi culpa. Cuando yo nací al país llegaron inversionistas extranjeros, y ese mismo día empezaron a saquear: ahí tienes la pobreza extrema en que vivimos. Cuando vi la luz por vez primera, no sólo el doctor lloró, también lloraron las enfermeras y los intendentes del hospital; soltaron alaridos las recepcionistas y además, mi hermana mayor me declaró la guerra. A papá y a mamá se les esfumó el amor y no podía ser de otra manera, había llegado el niño con torta bajo el brazo: una profunda crisis que sumiría al país en la depresión más grande de su historia. Nunca más volvieron a tener estabilidad ni los banqueros.

El país ha sufrido las consecuencias de haber llegado al mundo un tipo como yo. Ahora no sólo hay más criminales y asesinatos, sino que miles de familias, entre los que están mis padres, han jurado firmemente no traer más hijos a este mundo cruel que habita mi inhumanidad. México estaría mejor sin mí, me lo han repetido hasta el cansancio. El país prometía cambios, las cosas caminaban y el progreso no era sólo una ficción, era algo real, palpable. Pero desde que llegué todo ha cambiado. Los pobres siguen siendo pobres y los que no lo eran ya lo son. Mi presencia en el país ha cambiado el rumbo macroeconómico, pues hasta los políticos dejaron de lado su larga y conocida honestidad para dar paso a la basura a la que ya te has acostumbrado.

Para ti todo es normal, no puedes ver las diferencias porque sencillamente eres más joven que yo y no te han contado bien la historia. Además has estado mucho tiempo en el armario. Pero esta crisis social en que vivimos es toda culpa mía. Si te dicen que vivimos en un país en retroceso, que los analfabetas aumentaron y las casas se derrumban; si llega a tus oídos la noticia de que la información está falseada, las elecciones son un fraude o que todo son mentiras, piensa en mí, porque se va a poner peor.

Piensa siempre en mí cuando no encuentres salida y te desesperes por el hambre o lleguen cobradores a deshoras. Acuérdate de lo que te estoy diciendo porque no lo voy a repetir. Cuando te quedes en la calle y sientas que nada tiene solución, piensa, reflexiona. Tú que aún eres joven, que tienes treinta aunque parezcas de cuarenta, que tienes una vida por delante, difícil, pero vida al fin y al cabo, ten presente que esto todavía no ha terminado y no terminará mientras sigas ahí, guardando silencio, con tu cara de espanto y sin moverte. Si quieres gritar puedes hacerlo, pero no será suficiente con eso. Yo lo sé. Cuando yo nací grité muy fuerte, pero no hubo eco.

(Final alternativo de Tengo a mi vieja encerrada en el armario)

02 junio 2012

Carta a los poetas muertos

"Hubo un tiempo en que los escritores eran como dioses, vivían en las montañas cual ermitaños desahuciados o aristócratas lunáticos; escribían en esos días con la única finalidad de comunicarse con los muertos" -Enrique Vila-Matas.

Siento nostalgia por todos esos años que no viví a su lado. Por aquellas épocas en que no los conocía. Lamento profundamente no haber sido contemporáneo suyo. Nada pude hacer, hubiera deseado ser parte de su selecto grupo de amigos, o de su movimiento literario, pero cómo decirlo, me tocó nacer después, en otra tierra, en otras condiciones.

Cuando ustedes citaban de memoria a Tristan Tzara, yo apenas nacía. Mis padres, sí que pudieron haber leído a Breton, pero no pasó. En Reynosa no pasaba nada. Eran los setentas. O sí pasaban cosas, pero eran cosas grises u ocultas, llenas de humo industrial y con horarios igual de grises, o quizá más grises, horarios negros de trabajo asalariado y de cansancio, negros como una tiza para dibujar la vida monótona, fronteriza, entre calles mal pavimentadas y éxodos de gente hacia Monterrey o “el otro lado”. Las cosas más importantes en el norte del país en esos años estaban vinculadas a divorcios y emigrantes. Niños que van de la mano de sus madres, que toman un autobús para Monterrey, que nunca vuelven a Reynosa. Niños y madres divorciadas que lo pierden todo, sus recuerdos, su familia, al padre. Pero por otro lado queda la promesa de una nueva vida en la Sultana del Norte.

Las promesas en la ciudad de Monterrey son las más imponentes de todo el país y eso es debido a sus montañas. En Monterrey nada es pequeño, ni siquiera la ignorancia. Me hubiera gustado nacer en otra época pero nada pude hacer. La ciudad de los grandes huracanes es también una ciudad hipócrita y egoísta. Las grandes individualidades son más importantes que el compañerismo. Que cada quien se rasque con sus propias uñas. Esas son las condiciones de ser mexicano y norteño, un extranjero siempre.

Mis influencias no son Kerouak o Ginsberg, ni siquiera conocí a los surrealistas; Michael Jackson, Dulce y Timbiriche, en cambio, poblaron mis ideas más radicales; con Juan Gabriel aprendí a pedir perdón y José José me enseñó a estar triste. Bailé con Magneto y crecí con Pipo. Los payasos de la televisión no me hacían reír. A excepción de Lochito, un payaso del desaparecido canal ocho, que luego vino a menos.

Mis padres me inculcaron el valor por el trabajo y la familia. Aunque nuestra familia fuera dis-funcional había que quererla. No me arredré cuanto me metieron a un colegio de monjas. Agarré rumbo. Estudié una carrera empresarial. Aprendí a ser norteño. A quedar bien con todos.

No haber nacido en los 50´s marcó mi vida. He lamentado como nunca, como nadie, no haber sido contemporáneo suyo, no haber estado juntos en estos momentos dolorosos cuando lo querían abandonar todo, que ya no veían salida, que lo habían perdido todo.

Quisiera reavivar el tiempo en que esa llama, con muchos nombres, alimentaba sus impulsos revolucionarios, su gesto a todas luces frontal y descarado, cuando estaban solos, gritando en el desierto, clamando a alguien que aún no existía. Quizás así me siento. .

Convertirme en escritor ha sido un proceso paulatino y solitario. Cuando tuve conciencia de mi vocación literaria intenté armar un grupo de poesía con mis amigos de letras. Conocí a Alex Delmus en el taller de poesía de Facpya. Además de él, que estudiaba letras, estaba un señor de nombre Gregorio y un compañero de la carrera llamado Gerardo. Gregorio llevaba un libro bajo el brazo la primera vez que llegó al taller. Lo puso sobre la mesa. Dijo que lo había mandado a varios concursos pero jamás había obtenido respuesta. Son todos mis poemas. Escribía mucho, dijo, también era conserje de la facultad. Alex Delmus y yo erámos los únicos en el taller que sabíamos algo de poesía, yo ya había pasado por el taller Bocazas Grises. Pero eso ya pasó, nos dispersamos.

No es fácil encontrar un lenguaje fluido e ideas que puedan poblar un relato. Más difícil aún, ideas para un relato bien contado o una novela comercializable. Son demasiadas angustias las que pasan los autores, las penurias se cuentan por miles, pero ¿quién quiere ser autor a estas alturas? Reconozco en los llamados “autores” un compromiso con su nombre, un deber de aparador, la búsqueda constante de una frase llamativa, una insolente verborrea en todo caso, formalmente buena, para tirarse después.

No me junto con artistas, políticos o deportistas. Mis amigos no son famosos. Somos hijos del presente, y quizá los padres de alguna posteridad.

Si nuestro trabajo a nadie inquieta, eso hay que cambiarlo. Hay que inquietarlos hasta las coyunturas de los huesos.

Este es el norte del país, tú sabes de qué hablo, sí tú, el poeta maldito que habita las cuevas de las ciudades que están a punto de morir. A ti te hablo.

23 mayo 2012

El mito de la revolución / Roger Bartra

El axolote afeaba el hermoso paisaje de la evolución y el progreso

No es principalmente la constitución lo que une a los mexicanos en torno al Estado, ni fueron solo los efluvios del nacionalismo revolucionario los que anestesiaron al pueblo para que no sintiera los dolores del crecimiento de un enorme aparato político de dominación autoritaria.

En ausencia de una ideología vertebrada y dada la extrema precariedad de los proyectos o modelos de desarrollo, la legitimidad del sistema político adquiere acentuadas connotaciones culturales: es preciso establecer una relación de necesaria correspondencia entre las peculiaridades de los habitantes de la nación y las formas que adquiere su gobierno. Así la definición del carácter nacional no es un mero problema de psicología descriptiva: es una necesidad política de primer orden, que contribuye a sentar las bases de una unidad nacional a la que debe corresponder la soberanía monolítica del Estado mexicano.

A las limitaciones de la ideología que emana de la Revolución de 1910 es necesario agregar la grisura de los héroes míticos surgidos de la historia moderna de México: como se ha hecho notar, los mitos tejidos en torno a personajes como Madero, Carranza, Obregón y Calles son de una gran mediocridad; el potencial mítico de Emiliano Zapata, por ejemplo, no ha sido utilizado por el Estado, dado que fue un enemigo acérrimo de los fundadores de la revolución domesticada. Sin embargo, la Revolución fue un estallido de mitos, el más importante de los cuales es precisamente el de la propia Revolución. Los mitos revolucionarios no fueron, como en otras naciones, levantados sobre biografías de héroes y tiranos, sino más bien sobre la idea de una fusión entre la masa y el Estado, entre el pueblo mexicano y el gobierno revolucionario.

El mito de la revolución es un inmenso espacio unificado, repleto de símbolos que entrechocan y que aparentemente se contradicen; pero a fin de cuentas son identificados por la uniformidad de la cultura nacional. En el espacio de la unidad nacional ha quedado prisionero y maniatado el ser del mexicano, como un manojo de rasgos psicoculturales que sólo tienen sentido en el interior del sistema de dominación. La cultura nacional se identifica con el poder político, de tal manera que quien quiera romper las reglas del autoritarismo será inmediatamente acusado de querer renunciar –o peor: traicionar- a la cultura nacional. -Roger Barta. La jaula de la melancolía.

17 mayo 2012

Los 5 olvidos del mexicano

“La revolución latinoamericana está congelada en México”
Intentaré ser breve. Muchos de los mexicanos padecemos algunos olvidos históricos. Son 5. - Uno. Tal vez a mucha gente joven no le tocó vivirlo, pero en México, al menos en 1988 y en 2006 a la sociedad le fue negado decidir quién quería que fuera su presidente. La imposición de Salinas de Gortari y luego de Felipe Calderón con sendos fraudes electorales, tienen a este país en las ruinas. No lo debemos olvidar.
- Dos. Medios de comunicación como Televisa en su programa Tercer grado, se mantienen en un clima de rechazo hacia el candidato López Obrador. A su campaña, para descalificarla, le llaman la República del Odio. En cambio a Peña Nieto lo presentan como un político moderno que, de llegar a la presidencia, “deberá cortar la cola del dinosaurio que está detrás de él”, llaman a eso un tema pendiente en su campaña, nos quieren hacer creer que eso es hacer crítica. Los medios de comunicación, como muchos políticos, se han vuelto cínicos. Muchos sabemos de los intereses que representa Peña Nieto, (transnacionales, wal mart, neoliberalismo, etc.); los intereses de un sistema que se está hundiendo y nos quiere llevar entre las patas. ¿A eso le llaman moderno? Peña Nieto jamás tendrá un genuino interés por el pueblo al que no conoce y al que teme. Esconderse en el baño de la Ibero da bastante cuenta de lo alejado de la realidad que vive Peña Nieto. Y tampoco se trata de que ame al pueblo, si no es Papa (que tampoco ama a ningún pueblo, pero lo hace creer), sino de que conozca la realidad que vive este país, más allá de estadísticas y números., y por lo que acusan sus reacciones en la Ibero, no solo desconoce al pueblo, sino que le teme, y eso, en un político es muy peligroso, porque la respuesta natural del miedo es la agresión.
- Tres. También padecemos otro olvido, que no tiene que ver con los fraudes electorales del 1988 y 2006, ni siquiera tiene que ver con toda la historia del PRI en el poder y su matanza de estudiantes en 1968, y otras más que se le achacan, sino con el poder político que podemos representar. Recordemos que frente a las campañas políticas, antes y después que ellas, estamos nosotros, una buena parte de la sociedad: la gran mayoría: obreros, jornaleros, campesinos, trabajadores de todo tipo, amas de casa, estudiantes, empresarios, artistas y muchos otros ciudadanos que estamos observando, tal vez sin tanto grito y sin manifestaciones en la calle, pero que estamos observando, guardando silencio, pero atentos a las acciones de los políticos. Hay millones de ciudadanos que no son tomados en cuenta en las encuestas (La gente de los pueblos, los que no tienen teléfono o computadora). Además de observar atentamente, muchos ciudadanos hemos padecido la forma en que se han llevado a cabo los asuntos públicos en este país, la pésima administración, el desvío de recursos, esa vieja costumbre de seguir con la careta y el discurso falaz que supone un escucha ingenuo y fácil de convencer. Parece que los políticos tienen esa imagen del mexicano que quisieran fuéramos todos, la del mexicano agachado, obediente y trabajador, uno que nunca levantará la voz y que preferirá votar por el candidato que los medios presentan arriba en las encuestas para no arriesgar su voto. Los ciudadanos hemos observado y padecido desde hace seis años o más, cómo ha crecido la delincuencia, los impuestos y los precios de la gasolina, el gas, las rentas y en resumen la vida diaria. Nos hablan de inflación y crisis mundial, que existe, pero siempre intentan darnos por respuesta una promesa convincente, aunque jamás tocan los temas de fondo. Nos dan circo y nos dan pan, pero caro.
- Cuatro. Un olvido histórico, no sólo mexicano, sino que le incumbe a América Latina: dos estados totalitarios y militares que han reprimido y desaparecido a miles de personas, en Chile, Augusto Pinochet, desde 1973 hasta 1990; y en Argentina Jorge Rafael Videla de 1976 a 1983. Dos ejércitos en el poder que terminaron con las libertades en esos países. Hablar de militarización en el país sin revisar la historia reciente de Latinoamérica es padecer de olvido.
Por todo ello es importante tener en cuenta qué es lo que están proponiendo cada uno de los candidatos y si sus propuestas son pertinentes, si son creíbles. ¿Puedo creer a un candidato que, con la mano en la cintura firma 50 o 100 compromisos?, ¿eso al país de qué le sirve si no está tocando los puntos neurálgicos? No es menor el tema de la elección presidencial en México. Estamos ante la elección más importante en el país desde los tiempos de la Revolución Mexicana, cuando Madero fue candidato contra el sistema de Porfirio Díaz. No quiero ser pesimista, pero las condiciones en las que nos encontramos me fuerzan a pensar así. Estas elecciones pueden llegar a ser las más violentas de toda nuestra historia. Dejemos de lado las grandes urbes, no pensemos en Guadalajara, ni en Puebla o el Distrito Federal, no pensemos en Monterrey. Pensemos en pueblos de Michoacán o en municipios de Coahuila y Nuevo León, en municipios de todos los estados del país puede desatarse la violencia. No estamos solos, a nuestro alrededor hay tipos armados todo el tiempo, de muchos bandos, buscándose para matarse, y en medio estamos nosotros, los ciudadanos. Hay razones para pensar que terminarán imponiendo a Peña Nieto en la presidencia o que lo intentarán con todo sus medios, como hasta ahora; pero nada impide, a seis años de distancia de la polémica elección en la que ganó Felipe Calderón “haiga sido como haiga sido”, frase que denota el cinismo de los que están por encima de la ley; que los ciudadanos ejerzan su derecho a defender el voto. En el caso de que este país y sus ciudadanos lo voten, deberán dejar llegar a la presidencia a López Obrador, si la democracia existe. En caso contrario, sonaría ingenuo una respuesta de confrontación ante el clima armamentista antes comentado, pero es factible ejercer el derecho a la defensa del voto con un paro nacional. Hacer válido el derecho de millones de mexicanos que no están siendo representados por los gobiernos priistas y panistas.
- Cinco. En México nos hemos olvidado del pasado, pero ojalá que no nos estemos olvidando del futuro.

08 mayo 2012

La suprema expresión es el silencio / Chéjov

Qué costumbres salvajes, qué gente. Qué noches absurdas, qué días tan grises y poco interesantes. El desenfrenado juego a los naipes, la gula, la borrachera, y las incesantes charlas siempre sobre lo mismo. Las innecesarias tareas y las conversaciones sobre el mismo tema se apoderan de la mejor parte del tiempo, de las mejores fuerzas, y queda al final una vida limitada y vacía, sin ningún sentido, de la cual ni siquiera uno puede escapar, como si estuviera recluido en una casa de locos o en una cárcel. Es por ello que la suprema expresión de la dicha o la desgracia es la mayoría de las veces el silencio; los enamorados se comprenden mejor uno al otro cuando están callados.

18 abril 2012

Mujeres / Nicanor Parra



La mujer imposible,
La mujer de dos metros de estatura,
La señora de mármol de Carrara
Que no fuma ni bebe,
La mujer que no quiere desnudarse
Por temor a quedar embarazada,
La vestal intocable
Que no quiere ser madre de familia,
La mujer que respira por la boca,
La mujer que camina
Virgen hacia la cámara nupcial
Pero que reacciona como hombre,
La que se desnudó por simpatía
Porque le encanta la música clásica
La pelirroja que se fue de bruces,
La que sólo se entrega por amor
La doncella que mira con un ojo,
La que sólo se deja poseer
En el diván, al borde del abismo,
La que odia los órganos sexuales,
La que se une sólo con su perro,
La mujer que se hace la dormida
(El marido la alumbra con un fósforo)
La mujer que se entrega porque sí
Porque la soledad, porque el olvido...
La que llegó doncella a la vejez,
La profesora miope,
La secretaria de gafas oscuras,
La señorita pálida de lentes
(Ella no quiere nada con el falo)
Todas estas walkirias
Todas estas matronas respetables
Con sus labios mayores y menores
Terminarán sacándome de quicio.

http://vozpopuli.com/ocio-y-cultura/2144-el-poeta-nicanor-parra-no-viajara-a-espana-a-recibir-el-premio-cervantes

Fragmento de cuento



La gente está desapareciendo. Hoy la noticia cimbró al mundo. Dos hombres del Presidente cayeron derretidos a sus pies ante las cámaras. A mí me extraña que no hubiera ocurrido antes, es decir, de esta manera abrupta. Sí, la gente se derrite en plena calle, ¿y qué?, antes teníamos el sida y aún así no hicimos caso.

15 abril 2012

La literatura imposible / Todorov




Al final de su trabajo Introducción a la literatura fantástica, Tzvetan Todorov escribe estas líneas, que son al mismo tiempo, una reflexión sobre la obra de Kafka, el último de los escritores que analiza, el cual asegura ha operado un cambio en los códigos de lo fantástico, introduciendo al lector a un mundo extraño desde el inicio de sus narraciones, en las que el personaje fantástico es el hombre común y corriente viviendo en una realidad cotidianamente atroz. Estos párrafos representan también el final del libro:

...Kafka nos permite comprender mejor la literatura en sí (...) nos permite ir más allá y ver cómo la literatura origina dentro de sí, otra contradicción, formulada en el ensayo de Maurice Blanchot Kafka et la littérature (...)Un punto de vista corriente y simplista presenta la literatura (y el lenguaje) como una imagen de la "realidad", como un calco de lo que no es ella, como una serie paralela y análoga. Pero esta apreciación es doblemente falsa, pues traiciona tanto la naturaleza del enunciado como la de la enunciación. Las palabras no son etiquetas pegadas a las cosas que existen en tanto tales independientemente de ellas.

Cuando se escribe no se hace más que eso; la importancia de ese gesto es tal, que no deja lugar a ninguna otra experiencia. Al mismo tiempo, si escribo, escribo acerca de algo, aún cuando ese algo sea la escritura. Para que la escritura sea posible, debe partir de la muerte de aquello de lo cual habla; pero esa muerte la vuelve imposible; pues ya no hay nada qué escribir. La literatura sólo puede llegar a ser posible en la medida en que se vuelve imposible. o bien lo que se dice está presente allí, y entonces no hay lugar para la literatura; o bien se da cabida a la literatura, y entonces ya no hay nada qué decir. Como afirma Blanchot: "Si el lenguaje, y en particular el lenguaje literario, no se arrojase constantemente, de antemano, hacia su muerte, dicho lenguaje no sería posible, pues su fundamento y condición es precisamente ese movimiento hacia su imposibilidad".

La operación que consiste en conciliar lo posible y lo imposible puede llegar a definir la palabra "imposible". y sin embargo, la literatura es: he ahí su mayor paradoja.

14 marzo 2012

Literatura+ enfermedad= enfermedad / Bolaño




Una conferencia de Roberto Bolaño plagada de un exquisito pesimismo. En lo particular creo que hay dos tipos de escritores, tal vez más, pero básicamente dos: Hay perros que se agarran a su hueso como sanguijuelas moribundas, aferrados a su hueso apelan a una vida tranquila, sin grandes sorpresas, resignados a una vida sin cuestionamientos: tengo hueso, todo marcha bien.

Hay otros “perros románticos” que lo sueltan todo, que lo dejan todo en busca de no se qué. Tal vez abandonarlo todo de vez en cuando sólo es un gesto para no olvidar que están (estamos) “básicamente solos” y “prácticamente muertos”. Desde esa crisis de valor constante, desde algún lugar de esa crisis, tomar una posición; desde un lugar incómodo, siempre inquieto, lugar dinámico y atiborrado de protesta, de grito, de disenso. Desde ahí es que vale la pena crear. A partir de ahí. Eso creo que define la literatura de Bolaño. Los dejo con el ensayo.


para mi amigo el doctor Víctor Vargas,
hepatólogo

Enfermedad y conferencia
Nadie debe extrañarse de que el conferenciante se ande por las ramas. Pongamos el siguiente caso. El conferenciante va a hablar sobre la enfermedad. El teatro se llena con diez personas. Hay una expectación entre los espectadores digna, sin duda, de mejor causa. La conferencia empieza a las siete de la tarde o a las ocho de la noche. Nadie del público ha cenado. Cuando dan las siete (o las ocho, o las nueve) ya están todos allí, sentados en sus asientos, los teléfonos móviles apagados. Da gusto hablar ante personas tan educadas. Sin embargo el conferenciante no aparece y finalmente uno de los organizadores del evento anuncia que no podrá venir debido a que, a última hora, se ha puesto gravemente enfermo.

Enfermedad y estatura
Vayamos al grano o acerquémonos por un instante a ese grano solitario que el viento o el azar ha dejado justo en medio de una enorme mesa vacía. No hace mucho tiempo, al salir de la consulta de Víctor Vargas, mi médico, una mujer me esperaba junto a la puerta confundida entre los demás pacientes que formaban la cola. Esta mujer era una mujer bajita, quiero decir de corta estatura, cuya cabeza apenas me llegaba a la altura del pecho, digamos unos pocos centímetros por arriba de las tetillas, y eso que llevaba unos tacones portentosos, como no tardé en descubrir. La visita, de más está decirlo, había ido mal, muy mal; mi médico sólo tenía malas noticias. Yo me sentía, no sé, no precisamente mareado, que es lo usual en estos casos, sino más bien como si los demás se hubieran mareado y yo fuera el único que mantenía una especie de calma o una cierta verticalidad. Tenía la impresión de que todos iban a gatas o, como suele decirse, a cuatro patas, mientras yo iba de pie o permanecía sentado, con las piernas cruzadas, que a todos los efectos es lo mismo que estar o ir de pie o mantener la verticalidad. En cualquier caso tampoco puedo decir que me sintiera bien, pues una cosa es mantenerse erguido mientras los demás gatean y otra cosa muy distinta es observar, con algo que a falta de una palabra mejor llamaré ternura o curiosidad o mórbida curiosidad, el gateo indiscriminado y repentino de quienes te rodean. Ternura, melancolía, nostalgia, sensaciones propias de un enamorado más bien cursi, y muy impropias de experimentar en el consultorio externo de un hospital de Barcelona. Por supuesto, si ese hospital hubiera sido un manicomio, tal visión no me habría afectado en lo más mínimo, pues desde muy joven me acostumbré —aunque nunca seguí— al refrán que dice que en el país al que fueres, haz lo que vieres, y lo mejor que uno puede hacer en un manicomio, aparte de mantener un silencio lo más digno posible, es gatear u observar el gateo de los compañeros de desgracia.

Pero yo no estaba en un manicomio sino en uno de los mejores hospitales públicos de Barcelona, un hospital que conozco bien pues he estado cinco o seis veces internado allí, y hasta entonces no había visto a nadie caminar a cuatro patas, aunque sí había visto a enfermos ponerse amarillos como canarios y había visto a otros que de repente dejaban de respirar, es decir, se morían, algo no inusual en un sitio así; pero a gatas no había visto, todavía, a nadie, por lo que pensé que las palabras de mi médico habían sido mucho más graves de lo que en principio creí, o lo que es lo mismo: que mi estado de salud era francamente malo. Y cuando salí de la consulta y vi a todo el mundo gateando, esta impresión sobre mi propia salud se acentuó y el miedo a punto estuvo de tumbarme y obligarme a gatear a mí también. El motivo de que no lo hiciera fue la presencia de la mujer bajita, que en ese momento se me acercó y dijo su nombre, la doctora X, y luego pronunció el nombre de mi médico, mi querido doctor Vargas, con quien mantengo una relación tipo armador griego millonario, es decir la relación de un hombre casado que ama pero que procura ver lo menos posible a su mujer, y añadió, la doctora X, que estaba al tanto de mi enfermedad o del progreso de mi enfermedad y deseaba incluirme en un trabajo que ella estaba haciendo. Le pregunté educadamente por la naturaleza de ese trabajo. Su respuesta fue vaga. Me explicó que apenas me haría perder media hora de mi tiempo y que se trataba de que yo hiciera algunos tests que tenía preparados. No sé por qué, finalmente le dije que sí, y entonces ella me guió fuera de las consultas externas hasta un ascensor de grandes proporciones, un ascensor en donde había una camilla, vacía, por supuesto, pero ningún camillero, una camilla que subía y que bajaba con el ascensor, como una novia bien proporcionada con —o en el interior de— su novio desproporcionado, pues el ascensor era verdaderamente grande, tanto como para albergar en su interior no sólo una camilla sino dos, y además una silla de ruedas, todas con sus respectivos ocupantes, pero lo más curioso era que en el ascensor no había nadie, salvo la doctora bajita y yo, y justo en ese momento, con la cabeza no sé si más fría o más caliente, me di cuenta de que la doctora bajita no estaba nada mal.

No bien descubrí esto, me pregunté qué ocurriría si le proponía hacer el amor en el ascensor, cama no nos iba a faltar. Recordé en el acto, como no podía ser menos, a Susan Sarandon disfrazada de monja preguntándole a Sean Penn cómo podía pensar en follar si le quedaban pocos días de vida. El tono de Susan Sarandon, por descontado, es de reproche. No recuerdo, para variar, el título de la película, pero era una buena película, dirigida, creo, por Tim Robbins, que es un buen actor y tal vez un buen director pero que no ha estado jamás en el corredor de la muerte. Follar es lo único que desean los que van a morir. Follar es lo único que desean los que están en las cárceles y en los hospitales. Los impotentes lo único que desean es follar. Los castrados lo único que desean es follar. Los heridos graves, los suicidas, los seguidores irredentos de Heidegger. Incluso Wittgenstein, que es el más grande filósofo del siglo XX, lo único que deseaba era follar. Hasta los muertos, leí en alguna parte, lo único que desean es follar. Es triste tener que admitirlo, pero es así.

Enfermedad y Dioniso
Aunque la verdad de la verdad, la puritita verdad, es que me cuesta mucho admitirlo. Esa explosión seminal, esos cúmulos y cirros que cubren nuestra geografía imaginaria, terminan por entristecer a cualquiera. Follar cuando no se tienen fuerzas para follar puede ser hermoso y hasta épico. Luego puede convertirse en una pesadilla. Sin embargo, no hay más remedio que admitirlo. Miren, por ejemplo, las cárceles de México. Aparece un tipo no precisamente agraciado, chaparro, seboso, panzón, bizco, y que encima es malo y huele mal. Este tipo, cuya sombra se desplaza con una lentitud exasperante por las paredes de la cárcel o por los pasillos interiores de la cárcel, al poco tiempo de estar allí se hace amante de otro tipo, igual de feo pero más fuerte. No ha habido un romance prolongado, un romance lleno de pasos y de estaciones. No ha habido una afinidad electiva tal como la entendía Goethe. Ha sido un amor a primera vista, primario, si ustedes quieren, pero cuya finalidad no difiere mucho de la finalidad buscada por tantas parejas normales o que nos parecen normales. Son novios. Sus galanteos, sus deliquios, son como radiografías. Follan cada noche. A veces se pegan. Otras veces se cuentan sus vidas, como si fueran amigos, aunque en realidad no son amigos sino amantes. Los domingos, incluso, ambos reciben las visitas de sus respectivas mujeres, que son tan feas como ellos. Obviamente ninguno de los dos es lo que llamaríamos un homosexual. Si alguien se lo echara en cara probablemente ellos se enojarían tanto, se sentirían tan ofendidos, que primero violarían brutalmente al ofensor y luego lo asesinarían. Esto es así. Victor Hugo, que según Daudet era capaz de comerse una naranja entera de un solo bocado, prueba máxima de salud, según Daudet, típico gesto de cerdo, según mi mujer, dejó escrito en Los miserablesque la gente oscura, la gente atroz, es capaz de experimentar una felicidad oscura, una felicidad atroz. Según creo recordar, pues Los miserables es un libro que leí en México hace muchísimos años y que dejé en México cuando me fui de México para siempre y que no pienso volver a comprar ni a releer, pues no hay que leer ni mucho menos releer los libros de los cuales se hacen películas, y creo que de Los miserables se hizo hasta un musical. Esa gente atroz, como decía, cuya felicidad es atroz, son aquellos rufianes que acogen a Cosette cuando Cosette aún es una niña, y que encarnan a la perfección no sólo el mal y la mezquindad de cierta pequeña burguesía o de aquello que aspira a formar parte de la pequeña burguesía, sino que con el paso del tiempo y los avances del progreso encarnan, a estas alturas de la historia, a casi la totalidad de lo que hoy llamamos clase media, una clase media de izquierda o de derecha, culta o analfabeta, ladrona o de apariencia proba, gente provista de buena salud, gente preocupada en cuidar su buena salud, gente exactamente igual (probablemente menos violenta y menos valiente, más prudente, más discreta) que los dos pistoleros mexicanos que viven su amor encerrados en un penal.

Dioniso lo ha invadido todo. Está instalado en las iglesias y en las ONG, en el gobierno y en las casas reales, en las oficinas y en los barrios de chabolas. La culpa de todo la tiene Dioniso. El vencedor es Dioniso. Y su antagonista o contrapartida ni siquiera es Apolo, sino don Pijo o doña Siútica o don Cursi o doña Neurona Solitaria, guardaespaldas dispuestos a pasarse al enemigo a la primera detonación sospechosa.

Enfermedad y Apolo
¿Y dónde diablos está el maricón de Apolo? Apolo está enfermo, grave.

Enfermedad y poesía francesa
La poesía francesa, como bien saben los franceses, es la más alta poesía del siglo XIX y de alguna manera en sus páginas y en sus versos se prefiguran los grandes problemas que iba a afrontar Europa y nuestra cultura occidental durante el siglo XX y que aún están sin resolver. La revolución, la muerte, el aburrimiento y la huida pueden ser esos temas. Esa gran poesía fue escrita por un puñado de poetas y su punto de partida no es Lamartine, ni Hugo, ni Nerval, sino Baudelaire. Digamos que se inicia con Baudelaire, adquiere su máxima tensión con Lautréamont y Rimbaud, y finaliza con Mallarmé. Por supuesto, hay otros poetas notables, como Corbière o Verlaine, y otros que no son desdeñables, como Laforgue o Catulle Mendés o Charles Cros, e incluso alguno no del todo desdeñable como Banville. Pero la verdad es que con Baudelaire, Lautréamont, Rimbaud y Mallarmé ya hay suficiente. Empecemos por el último. Quiero decir, no por el más joven sino por el último en morir, Mallarmé, que se quedó a dos años de conocer el siglo XX. Éste escribe en Brisa Marina:

La carne es triste, ¡ay!, y todo lo he leído.
¡Huir! ¡Huir! Presiento que en lo desconocido
de espuma y cielo, ebrios los pájaros se alejan.
Nada, ni los jardines que los ojos reflejan
sujetará este pecho, náufrago en mar abierta
¡oh, noches!, ni en mi lámpara la claridad desierta
sobre la virgen página que esconde su blancura,
y ni la fresca esposa con el hijo en el seno.
¡He de partir al fin! Zarpe el barco, y sereno
meza en busca de exóticos climas su arboladura.
Un hastío reseco ya de crueles anhelos
aún suena en el último adiós de los pañuelos.
¡Quién sabe si los mástiles, tempestades buscando,
se doblarán al viento sobre el naufragio, cuando
perdidos floten sin islotes ni derroteros!...
¡Más oye, oh corazón, cantar los marineros!

Un bonito poema. Nabokov le habría aconsejado al traductor no mantener la rima, dar una versión en verso libre, hacer una versión feísta, si Nabokov hubiera conocido al traductor, Alfonso Reyes, que para la cultura occidental poco significa pero que para esa parte de la cultura occidental que es Latinoamérica significa (o debería significar) mucho. ¿Pero qué quiso decir Mallarmé cuando dijo que la carne es triste y que ya había leído todos los libros? ¿Que había leído hasta la saciedad y que había follado hasta la saciedad? ¿Que a partir de determinado momento toda lectura y todo acto carnal se transforman en repetición? ¿Que lo único que quedaba era viajar? ¿Que follar y leer, a la postre, resultaba aburrido, y que viajar era la única salida? Yo creo que Mallarmé está hablando de la enfermedad, del combate que libra la enfermedad contra la salud, dos estados o dos potencias, como queráis, totalitarias; yo creo que Mallarmé está hablando de la enfermedad revestida con los trapos del aburrimiento. La imagen que Mallarmé construye sobre la enfermedad, sin embargo, es, de alguna manera, prístina: habla de la enfermedad como resignación, resignación de vivir o resignación de lo que sea.

Es decir, está hablando de derrota. Y para revertir la derrota opone vanamente la lectura y el sexo, que sospecho que para mayor gloria de Mallarmé y mayor perplejidad de Madame Mallarmé eran la misma cosa, pues de lo contrario nadie en su sano juicio puede decir que la carne es triste, así, de esa forma taxativa, que enuncia que la carne sólo es triste, que la petit morte, que en realidad no dura ni siquiera un minuto, se extiende a todos los gestos del amor, que como es bien sabido pueden durar horas y horas y hacerse interminables, en fin, que un verso semejante no desentonaría en un poeta español como Campoamor pero sí en la obra y en la biografía de Mallarmé, indisolublemente unidas, salvo en este poema, en este manifiesto cifrado, que sólo Paul Gauguin se tomó al pie de la letra, pues que se sepa Mallarmé no escuchó jamás cantar a los marineros, o si los escuchó no fue, ciertamente, a bordo de un barco con destino incierto.

Y menos aún se puede afirmar que uno ya ha leído todos los libros, pues incluso aunque los libros se acaben nunca acaba uno de leerlos todos, algo que bien sabía Mallarmé. Los libros son finitos, los encuentros sexuales son finitos, pero el deseo de leer y de follar es infinito, sobrepasa nuestra propia muerte, nuestros miedos, nuestras esperanzas de paz. ¿Y qué le queda a Mallarmé en este ilustre poema, cuando ya no le quedan, según él, ni ganas de leer ni ganas de follar? Pues le queda el viaje, le quedan las ganas de viajar. Y ahí está tal vez la clave del crimen. Porque si Mallarmé llega a decir que lo que queda por hacer es rezar o llorar o volverse loco, tal vez habría conseguido la coartada perfecta.

Pero en lugar de eso Mallarmé dice que lo único que resta por hacer es viajar, que es como si dijera navegar es necesario, vivir no es necesario, frase que antes sabía citar en latín y que por culpa de las toxinas viajeras de mi hígado también he olvidado, o lo que es lo mismo, Mallarmé opta por el viajero con el torso desnudo, por la libertad que también tiene el torso desnudo, por la vida sencilla (pero no tan sencilla si rascamos un poco) del marinero y del explorador que, a la par que es una afirmación de la vida, también es un juego constante con la muerte y que,en una escala jerárquica, es el primer peldaño de cierto aprendizaje poético. El segundo peldaño es el sexo y el tercero los libros. Lo que convierte la elección mallarmeana en una paradoja o bien en un regreso, en un volver a empezar desde cero. Y llegado a este punto no puedo, antes de volver al ascensor, dejar de pensar en un poema de Baudelaire, el padre de todos, en el que éste habla del viaje, del entusiasmo juvenil del viaje y de la amargura que todo viaje a la postre deja en el viajero, y pienso que tal vez el soneto de Mallarmé es una respuesta al poema de Baudelaire, uno de los más terribles que he leído, el de Baudelaire, un poema enfermo, un poema sin salida, pero acaso el poema más lúcido de todo el siglo XIX.

Enfermedad y viajes
Viajar enferma. Antiguamente los médicos recomendaban a sus pacientes, sobre todo a los que padecían enfermedades nerviosas, viajar. Los pacientes, que por regla general tenían dinero, obedecían y se embarcaban en largos viajes que duraban meses y en ocasiones años. Los pobres que tenían enfermedades nerviosas no viajaban. Algunos, es de suponer, enloquecían. Pero los que viajaban también enloquecían o, lo que es peor, adquirían nuevas enfermedades conforme cambiaban de ciudades, de climas, de costumbres alimenticias.

Realmente, es más sano no viajar, es más sano no moverse, no salir nunca de casa, estar bien abrigado en invierno y sólo quitarse la bufanda en verano, es más sano no abrir la boca ni pestañear, es más sano no respirar. Pero lo cierto es que uno respira y viaja. Yo, sin ir más lejos, comencé a viajar desde muy joven, desde los siete u ocho años, aproximadamente. Primero en el camión de mi padre, por carreteras chilenas solitarias que parecían carreteras posnucleares y que me ponían los pelos de punta, luego en trenes y en autobuses, hasta que a los quince años tomé mi primer avión y me fui a vivir a México. A partir de ese momento los viajes fueron constantes. Resultado: enfermedades múltiples.

De niño, grandes dolores de cabeza que hacían que mis padres se preguntaran si no tendría una enfermedad nerviosa y si no sería conveniente que emprendiera, lo más pronto posible, un largo viaje reparador. De adolescente, insomnio y problemas de índole sexual. De joven, pérdida de dientes que fui dejando, como las miguitas de pan de Hansel y Gretel, en diferentes países; mala alimentación que me provocaba acidez estomacal y luego una gastritis; abuso de la lectura que me obligó a llevar lentes; callos en los pies producto de largas caminatas sin ton ni son; infinidad de gripes y catarros mal curados. Era pobre, vivía en la intemperie y me consideraba un tipo con suerte porque, a fin de cuentas, no había enfermado de nada grave. Abusé del sexo pero nunca contraje una enfermedad venérea. Abusé de la lectura pero nunca quise ser un autor de éxito. Incluso la pérdida de dientes para mí era una especie de homenaje a Gary Snyder, cuya vida de vagabundo zen lo había hecho descuidar su dentadura. Pero todo llega. Los hijos llegan. Los libros llegan. La enfermedad llega. El fin del viaje llega.

Enfermedad y callejón sin salida
El poema de Baudelaire se llama “El viaje”. El poema es largo y delirante, es decir posee el delirio de la extrema lucidez, y no es éste el momento de leerlo completo. El traductor es el poeta Antonio Martínez Sarrión y sus primeros versos dicen así:

Para el niño, gustoso de mapas y grabados,
Es semejante el mundo a su curiosidad.
El poema, pues, empieza con un niño. El poema de la aventura y del horror, naturalmente, empieza en la mirada pura de un niño. Luego dice:
Un buen día partimos, la cabeza incendiada,
Repleto el corazón de rabia y amargura,
Para continuar, tal las olas, meciendo
Nuestro infinito sobre lo finito del mar:
Felices de dejar la patria infame, unos;
El horror de sus cunas, otros más; no faltando,
Astrólogos ahogados en miradas bellísimas
De una Circe tiránica, letal y perfumada.
Para no ser cambiados en bestias, se emborrachan
De cielos abrasados, de espacio y resplandor,
El hielo que les muerde, los soles que les queman,
La marca de los besos borran con lentitud.
Pero los verdaderos viajeros sólo parten
Por partir; corazones a globos semejantes
A su fatalidad jamás ellos esquivan
Y gritan “¡Adelante!” sin saber bien por qué.

El viaje que emprenden los tripulantes del poema de Baudelaire en cierto modo se asemeja al viaje de los condenados. Voy a viajar, voy a perderme en territorios desconocidos, a ver qué encuentro, a ver qué pasa. Pero previamente voy a renunciar a todo. O lo que es lo mismo: para viajar de verdad los viajeros no deben tener nada que perder. El viaje, este largo y accidentado viaje del siglo XIX, se asemeja al viaje que hace el enfermo a bordo de una camilla, desde su habitación a la sala de operaciones, donde le aguardan seres con el rostro oculto debajo de pañuelos, como bandidos de la secta de los hashishin. Por cierto, las primeras estampas del viaje no rehúyen ciertas visiones paradisíacas, producto más de la voluntad o de la cultura del viajero que de la realidad:

¡Asombrosos viajeros! ¡Cuántas nobles historias
Leemos en vuestros ojos profundos como el mar!
Mostradnos los estuches de tan ricas memorias

Y también dice: ¿Qué habéis visto? Y el viajero, o ese fantasma que representa a los viajeros, contesta enumerando las estaciones del infierno. El viajero de Baudelaire, evidentemente, no cree que la carne sea triste y que ya haya leído todos los libros, aunque evidentemente sabe que la carne, trofeo y joya de la entropía, es triste y más que triste, y que una vez leído un solo libro, todos los libros están leídos. El viajero de Baudelaire tiene la cabeza incendiada y el corazón repleto de rabia y amargura, es decir, probablemente se trata de un viajero radical y moderno, aunque por supuesto es alguien que razonablemente quiere salvarse, que quiere ver, pero que también quiere salvarse. El viaje, todo el poema, es como un barco o una tumultuosa caravana que se dirige directamente hacia el abismo, pero el viajero, lo intuimos en su asco, en su desesperación y en su desprecio, quiere salvarse. Lo que finalmente encuentra, como Ulises, como el tipo que viaja en una camilla y confunde el cielo raso con el abismo, es su propia imagen:

¡Saber amargo aquel que se obtiene del viaje!
Monótono y pequeño, el mundo, hoy día, ayer,
Mañana, en todo tiempo, nos lanza nuestra imagen:
¡En desiertos de tedio, un oasis de horror!

Y con ese verso, la verdad, ya tenemos más que suficiente. En medio de un desierto de aburrimiento, un oasis de horror. No hay diagnóstico más lúcido para expresar la enfermedad del hombre moderno. Para salir del aburrimiento, para escapar del punto muerto, lo único que tenemos a mano,y no tan a mano, también en esto hay que esforzarse, es el horror, es decir el mal. O vivimos como zombis, como esclavos alimentados con soma, o nos convertimos en esclavizadores, en seres malignos, como el tipo aquel que después de asesinar a su mujer y a sus tres hijos dijo, mientras sudaba a mares, que se sentía extraño, como poseído por algo desconocido, la libertad, y luego dijo que las víctimas se habían merecido lo que les pasó, aunque al cabo de unas horas, más tranquilo, dijo que nadie se merecía una muerte tan cruel y luego añadió que probablemente se había vuelto loco y les pidió a los policías que no le hicieran caso.

Un oasis siempre es un oasis, sobre todo si uno sale de un desierto de aburrimiento. En un oasis uno puede beber, comer, curarse las heridas, descansar, pero si el oasis es de horror, si sólo existen oasis de horror, el viajero podrá confirmar, esta vez de forma fehaciente, que la carne es triste, que llega un día en que todos los libros están leídos y que viajar es un espejismo. Hoy, todo parece indicar que sólo existen oasis de horror o que la deriva de todo oasis es hacia el horror.

Enfermedad y pruebas
Y ya es hora de volver a ese ascensor enorme, el ascensor más grande que he visto en mi vida, un ascensor en donde un pastor hubiera podido meter un reducido rebaño de ovejas y un granjero dos vacas locas y un enfermero dos camillas vacías, y en donde yo me debatía, literalmente, entre la posibilidad de pedirle a aquella doctora de corta estatura, casi una muñeca japonesa, que hiciera el amor conmigo o que al menos lo intentáramos, y la posibilidad cierta de echarme a llorar allí mismo, como Alicia en el País de las Maravillas, e inundar el ascensor no de sangre, como en El resplandor de Kubrick, sino de lágrimas. Pero los buenos modales, que nunca están de más y que pocas veces estorban, en ocasiones como ésta son un estorbo, y al poco rato la doctora japonesa y yo estábamos encerrados en un cubículo, con una ventana desde la que se veía la parte de atrás del hospital, haciendo unas pruebas rarísimas, que a mí me parecieron exactamente iguales que las pruebas que aparecen en las páginas de pasatiempos de cualquier periódico dominical.

Por supuesto, me esmeré mucho en hacerlas bien, como si quisiera demostrarle a ella que mi médico estaba equivocado, vano esfuerzo, pues aunque realizaba las pruebas de forma impecable la pequeña japonesa permanecía impasible, sin dedicarme ni la más mínima sonrisa de aliento. De vez en cuando, mientras ella preparaba una nueva prueba, hablábamos. Le pregunté por las posibilidades de éxito de un trasplante de hígado. Muchas posibilidades, dijo. ¿Qué tanto por ciento?, dije yo. Sesenta pol ciento, dijo ella. Joder, dije yo, es muy poco. En política es mayolía absoluta, dijo ella.

Una de las pruebas, tal vez la más sencilla, me impresionó mucho. Consistía en mantener durante unos segundos las manos extendidas de forma vertical, vale decir con los dedos hacia arriba, enseñándole a ella las palmas y contemplando yo el dorso. Le pregunté qué demonios significaba ese test. Su respuesta fue que, en un punto más avanzado de mi enfermedad, sería incapaz de mantener los dedos en esa posición. Éstos, inevitablemente, se doblarían hacia ella. Creo que dije: Vaya por Dios. Tal vez me reí. Lo cierto es que a partir de entonces ese test me lo hago cada día, esté donde esté. Pongo las manos delante de mis ojos, con el dorso hacia mí, y observo durante unos segundos mis nudillos, mis uñas, las arrugas que se forman sobre cada falange. El día que los dedos no puedan mantenerse firmes no sé muy bien qué haré, aunque sí sé qué no haré. Mallarmé escribió que un golpe de dados jamás abolirá el azar. Sin embargo, es necesario tirar los dados cada día, así como es necesario realizar el test de los dedos enhiestos cada día.

Enfermedad y Kafka
Cuenta Canetti en su libro sobre Kafka que el más grande escritor del siglo XX comprendió que los dados estaban tirados y que ya nada le separaba de la escritura el día en que por primera vez escupió sangre. ¿Qué quiero decir cuando digo que ya nada le separaba de su escritura? Sinceramente, no lo sé muy bien. Supongo que quiero decir que Kafka comprendía que los viajes, el sexo y los libros son caminos que no llevan a ninguna parte, y que sin embargo son caminos por los que hay que internarse y perderse para volverse a encontrar o para encontrar algo, lo que sea, un libro, un gesto, un objeto perdido, para encontrar cualquier cosa, tal vez un método, con suerte: lo nuevo, lo que siempre ha estado allí.

28 febrero 2012

Que no se extinga

Que el placer de verte no se extinga
Que sea perfecto como una paradoja
un amanecer
O el sonido ambulante de los coches a lo lejos

27 enero 2012

Tu miedo



El miedo en alguien como tú es comparable a las personas que le echan el auto a los demás.

El miedo en alguien como tú se parece a taxistas y choferes que se creen los dueños de las calles.

A los hombres lujuriosos que acosan a las mujeres en la calle.

Tu insensato miedo se parce a las personas que no piden las cosas. Los que no dan el asiento a un anciano.

Tu miedo está hecho del mismo material del que están hechos los actos corruptos, el vecino intransigente, el ladrón que se dice representante público.

Es a causa de tu miedo que día a día mueren más personas.

Precisamente por tu miedo se incrementan los asesinatos y los casos no resueltos.

Por un miedo como el tuyo, amigo mío, amiga, es que los cerebros se empiezan a secar en un proceso de descomposición que no quisieras detener.

Tu miedo es el mío y viceversa. Se parece a la mediocridad. Es la cautela de una guerra perdida.

Es un miedo que recuerda odios y rencores, un miedo enterrado, como un eco que proviene de ninguna parte y está por todos lados.

Es precisamente por tu miedo a actuar, a abrir la boca, moverte, poner la primera piedra, renunciar, hacerte cargo, dejarlo todo; tu miedo a quedarte solo, a ser aquello que debes ser, que todo un día se va al carajo.

Eres una probabilidad que se bifurca en dos caminos que se bifurcan.

Tu miedo a recapacitar, equivocarte, hacer el ridículo.

Tu miedo a no saberte.

Volverte loco.

Si lo piensas bien eres todas esas cosas.
Pero tienes miedo de saber
porque saber te perdería.

17 enero 2012

Teatro y política



Dar la vuelta a la historia es un trabajo difícil, es como querer cambiar el color del destino, sólo eso, teñirlo de otros colores; pero el destino común es una suma de voluntades. Sólo las voluntades unidas pueden llevar a cabo las grandes tareas, las más importantes, es decir, las tareas políticas. La voluntad política es una suma de voluntades colectivizadas.

En el teatro esto es evidente. El teatro no puede cobrar vida si antes no es atravesado por múltiples miradas, es su condición. Es hijo de todos y de nadie. Todos lo construyen, todos pueden abrevar de él, dialogar con él, cuestionarlo, pero nadie puede llevárselo a su casa. El teatro se construye a base de miradas que lo atraviesan, cuerpos que lo atraviesan y son atravesados por él y por los otros.

El director lo pondrá en escena, lugar al que pertenece pero que aún está por construirse. Lo dotará de espacio. Luego vendrá un actor y le imprimirá su huella, con su voz y su cuerpo. Algo que era texto y luego espacio, ahora tiene cuerpo. El espectador lo dota de un mundo. En este sentido el teatro es como un libro: todos ven lo mismo pero no todos ven igual. Cada uno se habrá relacionado desde su único lugar, pero algo habrán compartido: personajes, escenografía, iluminación. Todo puede conjurar para atrapar al espectador, emocionarlo: el color del vestuario, el trabajo de la actriz o el actor. En el mejor de los casos cada uno se llevará algo del teatro a casa y el teatro seguirá vivo pero no residirá ya en ningún lugar físico, sino en todos los lugares, fuera de su espacio y de su tiempo puede vivir lo que únicamente existe en el aquí y ahora de la acción escénica concreta. Esa es su virtud. Maleable y concreto, no se puede asir.
El teatro es un arte noble porque todas las artes pueden convivir en él. Pero requiere al mismo tiempo de una suma de voluntades artísticas lo cual lo convierte en un arte político.

Los seres humanos que intervienen en una obra de teatro se ciñen a reglas que establecen ellos mismos en cada trabajo en particular; en una obra de teatro se establecen relaciones, se crean puentes, lugares de indeterminación narrativa, disensos formales, malabares históricos, anoréxicos panfletos que dan risa y mejor se volvieron comedias, esqueletos melodramáticos pero también serias y profundas reflexiones sobre el caos y la teoría “de casi todo” que por cierto al teatro le viene bien.

Algunos hablan de fracasos y de éxitos teatrales, yo prefiero hablar de monstruos, los hay más bellos que otros, lo curioso es que caminen, si pueden andar por sí mismos están vivos, todos monstruos, todos teatro. Todos atravesados por múltiples miradas. Los hay que lo resisten y crecen mucho, se hacen fuertes; los hay que no lo soportan. El teatro tiene vida mientras soporta otras miradas, como arte nacido de la necesidad del hombre de “ver desde algún lugar”, el teatro moriría si no hay mirada que lo atraviese o si ha perdido la capacidad de dejarse atravesar él mismo, si no tiene nada que interpelar o nadie que lo interpele.

Esperemos que Vestigios, obra producto de una suma de voluntades, pueda aportar algo a la mirada sobre la memoria y la re-construcción de los vínculos humanos. Lo importante para nosotros es la experiencia del intercambio, y la posibilidad de construcción de lo sensible, más allá de las voluntades individuales que lo afirman. Que la disfruten.

(Texto escrito con motivo del estreno de Vestigios en el Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti, en Buenos Aires, Argentina. Julio 2011)

22 diciembre 2011

El hablante como artista ejecutante / Paolo Virno



Cada uno de nosotros es, desde siempre, un virtuoso, un artista ejecutante. A veces mediocre o tímido, pero bajo toda circunstancia virtuoso. En efecto el modelo básico del virtuosismo, la experiencia que funda el concepto es la actividad del hablante. No la actividad de un hablante sabio y elegante, sino de cualquier hablante.

El lenguaje verbal humano no es una pura herramienta o un complejo de señales instrumentales (características que son inherentes tal vez a los lenguajes de los animales no humanos, por ejemplo el de las abejas, que a través de señas coordinan la provisión de alimentos); el lenguaje humano se cumple en sí mismo, no produce –no por regla, al menos- un “objeto” independiente de la misma enunciación.

El lenguaje es “sin obra”. Toda enunciación es una prestación virtuosa. Y es tal porque, obviamente, está conectada directa o indirectamente a la presencia de los otros. El lenguaje presupone e instituye siempre “el espacio con estructura pública” del que habla Arendt(1) . Sería bueno leer los fragmentos de la Ética Nicomaquea(2) que hablan de la diferencia de principio que existe entre Poiesis (3)(producción) y Praxis(4) (política) en relación con la noción de parole(5) en Sassure y, sobre todo al análisis de Émile Benveniste sobre la enunciación, donde por enunciación se entiende no el contenido de un enunciado, el “qué se dice”, sino el habla como tal, el hecho mismo de hablar.) De este modo se constataría que los aspectos diferenciales del lenguaje verbal respecto de la gestualidad o la comunicación no-verbal.

Y hay más. Sólo el hablante –a diferencia del pianista, del bailarín, del actor- puede prescindir de un guión o de una partitura. El suyo es un virtuosismo doble: no sólo no produce una obra que se distinga de la ejecución, sino que ni siquiera tiene una obra a sus espaldas, una obra a la cual “actualizar” mediante la interpretación. De hecho, el acto de parole solamente se jacta de la potencialidad de la lengua, o mejor, de la facultad genérica del lenguaje: no de un texto preestablecido en detalle.

*Notas:

1.- Arendt Hannah, La condición humana, Paidos, 1993.
2.- Aristóteles, Ética Nicomaquea, Madrid, Gredos, 1993.
3.- Deriva etimológicamente del antiguo término griego ποιέω, que significa ‘crear’. Esta palabra, la raíz de nuestra moderna “poesía”, en un principio era un verbo, una acción que transforma y otorga continuidad al mundo. Ni producción técnica ni creación en sentido romántico, el trabajo poiético reconcilia al pensamiento con la materia y el tiempo, y a la persona con el mundo.
4.- Del griego antiguo πρᾱξις que significa práctica. Es el proceso por el cual una teoría o lección se convierte en parte de la experiencia vivida. Mientras que una lección es solamente absorbida a nivel intelectual en un aula, las ideas son probadas y experimentadas en el mundo real, seguidas de una contemplación reflexiva. De esta manera, los conceptos abstractos se conectan con la realidad vivida.
5.- Parole se puede traducir como “palabra” o “discurso”.

Capítulo 2 del libro Gramática de la multitud Ediciones Colihue, 2003.
*Las notas son del transcriptor, o sea mías.

16 diciembre 2011

¿Teatro o algo más?



Las numerosas críticas que ha ocasionado el teatro a lo largo de toda su historia pueden ser concentradas en una afirmación esencial. La llamaré la paradoja del espectador, una paradoja quizás más fundamental que la célebre paradoja del comediante. Esta paradoja se puede formular simplemente así: no hay teatro sin espectador (aunque se trate de un espectador único y oculto, como en la representación ficcional de El hijo natural que da lugar a las Conversaciones de Diderot). Ahora bien, dicen los acusadores, ser espectador es un mal, y ello por dos razones. En primer lugar, mirar es lo contrario de conocer. El espectador permanece ante una apariencia, ignorando el proceso de producción de esa apariencia o la realidad que ella recubre. En segundo lugar, es lo contrario de actuar. La espectadora permanece inmóvil en su sitio, pasiva. Ser espectador es estar separado al mismo tiempo de la capacidad de conocer y del poder de actuar.
Este diagnóstico conduce a dos conclusiones diferentes. La primera es que el teatro es una cosa absolutamente mala, una escena de ilusión y de pasividad que es preciso suprimir en beneficio de lo que ella impide: el conocimiento y la acción, la acción de conocer y la acción conducida por el saber. Ésta es la conclusión ya formulada por Platón: el teatro es el lugar en el que se invita a unos ignorantes para que vean sufrir a unos hombres.
Lo que la escena teatral les ofrece es el espectáculo de un pathos, la manifestación de una enfermedad, la del deseo y del sufrimiento, es decir, de la división de sí que resulta de la ignorancia. El efecto propio del teatro es el de transmitir esa enfermedad por medio de otra: la enfermedad de la mirada subyugada por las sombras. Transmite la enfermedad de la ignorancia que hace sufrir a los personajes mediante una máquina de ignorancia, la máquina óptica que forma las miradas en la ilusión y en la pasividad. Así pues, la comunidad justa es aquélla que no tolera la mediación teatral, aquélla en la que la medida que gobierna la comunidad está directamente incorporada en las actitudes vivientes de sus miembros.

(Fragmento: El espectador emancipado, Jacques Rancière)

06 diciembre 2011

La narrativa de café con leche / Tabarovski



Ese estado de mediocridad narrativa que en los años sesenta supuestamente aterraba a Pizarnik, hoy adquiere un carácter no sólo literario, sino cultural. Lo que aterraba a Pizarnik podría definirse bajo un rótulo de política literaria: el café con leche como verdad última de la narrativa.
Pero por afuera de la literatura, en otra parte, existía un estado de la cultura que disimulaba ese fracaso literario.
No pienso caer -yo también- en la mitificación sin fin que se abate sobre los sesenta, ni mucho menos sobre ese afán homogeneizador que suprime las tensiones y antagonismos de esos años. Pero sin duda algo ocurrió en ese entonces. Lo que ocurría, tal vez tuvo que ver con esto: la primacía de la cultura sobre la literatura. Si leemos hoy cualquiera de esos libros, digamos Rayuela, por citar el corazón de ese tiempo; si lo leemos desprovisto de la coraza cultural que lo protegía en ese entonces ¿Qué queda? Tan sólo el vacío y la nostalgia de esa coraza (…) La desaparición de los sesenta, no implicó ninguna revisión literaria, ningún cambio profundo en los rumbos centrales de la narrativa. Somos testigos hoy de la misma política literaria de café con leche, agravada por la ausencia del clima cultural de entonces.
Si en los sesenta la cultura dominaba con tanta facilidad sobre la literatura, no era debido a su riqueza, sino al sabor pasteurizado al que había llegado la narrativa. Si hoy cultura y literatura se equilibran en su intrascendencia, es porque la pasteurización las abarca a ambas.

05 diciembre 2011

Frente al espejo




Estoy sólo frente al espejo. No tengo palabras. No puedo expresar nada. Hay un espejo y estoy yo. El reflejo veo, pero ese no soy yo. Algo se ha agotado prematuramente. Tal vez la razón, puta. La puta razón. Estoy inmóvil y necesito un café. Tal vez sólo necesito salir de aquí. Estoy frente al espejo, lo repito hasta el cansancio porque ese de ahí ya no soy yo. Espero que alguien toque la puerta.

Me han echado de mi casa. No empaqué, me iré así como vine, sin nada. Entonces ¿qué estoy esperando? No lo sé, espero que alguien toque a mi puerta.

Afuera me esperan. No imagino la verdadera causa de este acto de cobardía. Ayer todavía la pasábamos bien. Es una venganza y sin embargo me siento culpable. Recordé que aún soy joven aunque asomen canas en mi pelo. Recordé que a pesar de todo lo que me esfuerce, no lograré arrancar una palabra más a mi imaginación, que tengo que representar una comedia todavía, la mía propia, que tal vez salga a la calle vestido de payaso. Eso haré. Ahora lo hago. Busco las mejores ropas. Abro el clóset y busco la camisa más vistosa, los pantalones más cortos o más largos, el saco roto y sucio, la peluca de rizos o ese estrafalario gorro verde que usamos en las fiestas navideñas.

Me iré sin zapatos, para qué quiero zapatos. Siento una enormes ganas de quedarme, de echarme a la cama y descansar y olvidar por un momento que estoy aquí a punto de salir para no volver jamás. Que tengo que irme y salir a la calle, con todas mis penas, a buscar un cuarto para echar los huesos por las noches, para resguardarme de la lluvia.

Afuera llueve a torrenciales, el abrigo lo dejé en la otra casa, de la primer casa que salí. Aquí no tengo nada. He aprendido que no hace falta llevar nada consigo. Que es mejor no llevar nada para no cargar nada cuando te vayas. He aprendido a odiar a la gente. Yo sé que eso no es algo bueno pero he aprendido a odiar a la gente. Antes me odiaba a mí mismo por los errores que cometo. Ahora no, ahora le echo la culpa de mis errores a la gente que me rodea. Hago uso de ese pensamiento adolescente de echar la culpa de todo a los demás. Es mejor así, te desquitas de todo el coraje que llevas en el pecho. Gritas un poco, berreas, golpeas la mesa con bastante fuerza y clavas la mirada en algún punto ciego. Tiene que parecer cierto todo lo que dices, tienes que decir que nadie te entiende y que todos están en contra tuya. Entonces, los que están enojados contigo, de pronto cambian su rostro, abren sus ojos, bajan la mirada, callan. Los perros callan cuando uno se humilla delante de ellos. Gustan de la humillación ajena todas esas perras. Las mujeres especialmente, están ansiosas porque uno les pida disculpas porque están obesas o son estúpidas y yo lo hago, les pido disculpas porque son horribles o nada más porque son insoportables, vulgares, idiotas y además vanidosas, orgullosas de mierda.

A veces me dan asco. Pero es cuando les pongo demasiada atención. Por lo general procuro no verlas demasiado a los ojos. Me voy. Antes acerco la silla, lentamente pinto mi rostro con el maquillaje blanco. Hay alguien que me espera en otra casa, me recibirá con los brazos abiertos, no tendremos nada de qué hablar pero me recibirá como si tuviéramos cosas qué decir, me sentaré en la mesa de mi querido amigo, tal vez me invite una cerveza o un cigarro. Me sentaré y beberé sin prisa, tal vez el tampoco tenga prisa y entonces no importará, podremos sin decir nada estar sentados bebiendo, por largo rato, tal vez mencione algo relacionado con el caso, tal vez en algún momento le diga que me he quedado sin hogar, sin aspavientos lo haré, el es un amigo, no voy a lloriquear delante de otro hombre. Lo hago frente al espejo, pero no lo haré con él. Sólo lo diré de paso, que no se sienta que estoy sin un clavo. Le diré que ya que la cerveza se ha terminado, tengo que ir a la calle. Entonces me invitará a quedarme en su casa. Yo diré, enseguida, que si está seguro, yo no quiero ser una carga para los demás, además tengo que buscar trabajo y techo. Pero por supuesto, agradezco su atenta invitación y además el clima, es verdad, el clima es tan malo hoy, que cosas, ¿no? El invierno ha llegado antes de lo esperado. Salir así a la calle es como esperar el fracaso. Tiene razón en todo lo que dice. Sólo serán unos días, mientras pasa el mal tiempo. Él sabe que no miento. Me creerá como siempre me creen todos. No llevo gran cosa, solo lo que traigo puesto y una pequeña maleta de maquillaje. En este punto el estará avergonzado. No se atreverá a preguntar por el dinero, no me cobrara la deuda que tengo. No dirá nada. Tal vez bostece y se vaya a dormir o me tienda unas sábanas limpias y me ofrezca de cenar. Eso hará tal vez, mientras tanto tengo que ir a recoger mi tiradero. Nadie tocó a la puerta todavía.

02 diciembre 2011

Automandamientos (de uso de Facebook)


1. Ya no abriré facebook con la esperanza de encontrar ahí la vida de los demás. Es como si de pronto todos nos incriminara. Me ha resultado enfermizo y masoquista.
2. Ya no abriré facebook para saber en qué has andado todos los días que no nos hemos visto. Ya me contarás lo que desees cuando te vea.
3. No abriré más facebook ni haré más comentarios a todas las cosas que me agradan, porque a veces ni siquiera son noticias importantes, sino juegos tontos.
4. No escribiré más en facebook cosas superficiales, intentaré publicar sólo frases que vengan al pelo con algo que me esté pasando, frases que intenten iluminar los momentos negros de mi vida, que son muchos, y no tengo por qué hacérselos saber directamente.
5. No tendré ninguna relación amorosa por facebook, es cosa de la vida personal, casera, familiar y de amigos, es cosa de presencia física.
6. No subiré más fotos en facebook que atenten contra la privacidad de mis amigos y pareja, no me exhibiré en facebook. Me resulta engañoso pensar que hacer pública la vida lo hace a uno más amado.
7. No utilizaré facebook para destacar mis logros, no me situaré en el lugar del auto-promotor, porque terminaría frustrado, enganchado a un sistema de competencias y legitimidades de las cuales no quiero formar parte, con las cuales prefiero mantener una distancia sana.
8. No entraré a facebook para perder el tiempo y ver a quién me encuentro, a ver con quién platico. Únicamente lo haré cuando esté buscando a alguien en particular, si encuentro a otras personas ya es parte del mismo azar del juego.
9. Mensajes, eventos, fotografías, recomendaciones, frases… muchas cosas pueden estar en facebook sin lesionar la individualidad sino afirmándola. Incluso gustos, gestas, crítica… es un espacio para publicar, dadas sus características, información de calidad e intercambios culturales importantes, sobre todo lo que se ha dado en llamar lo “popular”, me queda claro que la cara que exhibimos en facebook es una especie de “Avatar”, otro yo. Una máscara que nos sujetamos a la cara. Un doble que llevamos a cuestas.
10. Ese desmesurado afán por “participar”, del modo que sea, participar de “nada”, hacer un chiste, tener una personalidad cínica o ser lo que no somos en realidad se presta para el engaño y la manipulación , pero sobre todo convierte el tiempo del hombre en un ocio virtual.
11. El hombre pierde su tiempo en una máquina que no tiene registro físico de la realidad. Es un medio y no un fin, y en algunos casos, parece que facebook es el fin del juego, es decir, la manifestación de una red social o el colmo de la democracia, pero sin crítica.
12. El facebook lo hacemos todos, de esta manera, aunque el servidor haya sido creado para crear redes de amigos y personas con intereses en común, también podría convertirse en un espacio para reflexionar, incluso acerca del mismo facebook y de los usos que le damos.